Cincuenta años escribiendo en silencio. Este año, por fin, publica. Seis libros, seis travesías: la migración, la comedia, el misterio, el espionaje, la intriga política y una vida real que cruzó el Sahara para acabar en el Atlántico.
Eulogio Vega nació en Vega de San Mateo, en Gran Canaria. Desde muy joven sintió la llamada de la escritura, aunque la vida lo llevó por otros caminos: durante muchos años trabajó como realizador, editor de informativos y cámara, viviendo de cerca el oficio de contar historias, aunque desde otro lado de la cámara. Ese trabajo lo llevó a viajar por numerosos países de Sudamérica, así como por Israel, Alemania, Italia y Francia, una experiencia que despertó en él una mirada de observador, atenta a las distintas culturas, formas de vida y maneras de contar el mundo.
Con la llegada de la tecnología digital encontró por fin un espacio propio para expresarse: empezó a escribir en blogs, donde compartía reflexiones personales y relatos inspirados en recuerdos de años pasados. Ahora, ya jubilado y con más tiempo para dedicarse a lo que siempre quiso hacer, ha decidido dar el paso que llevaba posponiendo durante 50 años: publicar.
Un escueto y pequeño escritorio, a veces junto a la ventana, a veces bajo el porche con vistas al huerto — de aquí salen la mayoría de estos escritos.
Cada portada es una embarcación distinta. Toca una para ver su rumbo.
Reflexiones, recuerdos y algún relato suelto, igual que en los blogs de siempre — solo que ahora con puerto fijo.
El olor del pan recién salido del horno de Boro, en el barrio de La Lechuza, y todo lo que ese aroma sigue trayendo de vuelta, cincuenta años después.
Barcos que navegan en la bruma, puertos que esperan con los brazos abiertos. Un poema sobre puertos, promesas y el amor que se anima a volver.
El retrato de un mecánico de barrio, de un Ford Zephyr en plena madrugada, y de esos pequeños actos de bondad que se quedan grabados para siempre.
Sobre esos encuentros que cambian, aunque sea por un ratito, la vida del amigo que le tocó sentarse a tu lado.
Un ron con hielo bajo el porche, la arboleda de ciruelos rojos, y la espera tranquila de un invierno que ya se deja sentir.